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El fracaso del régimen |
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Manuel Barreto Hernaiz
Recientemente leíamos a Alberto Barrera, quien, palabras más, palabras menos, mencionaba que actualmente para el régimen era más importante Luis Vicente León que el pensamiento de Gramsci. Y ésa es la realidad. Esa costosa Sala Situacional está nerviosa, habida cuenta del nivel de rechazo que aquilata en la sociedad -incluyendo los sectores populares- y que ya se hace inocultable. Ya resulta harto difícil evadir los hechos. En líneas generales, el 60% de los ciudadanos del país considera que el gobierno pone poco o ningún esfuerzo en resolver sus problemas. Para muchos de sus partidarios, el régimen no soluciona sus problemas más cotidianos. No queda duda, entonces, de que el apoyo sin restricciones ha desaparecido. Este gobierno ha fracasado. El proyecto del régimen de controlar de manera totalitaria toda la vida social del país, embarcándola hacia el mar de la felicidad de Cuba, ha fracasado. Ha fracasado porque se empeñó en violar los derechos inalienables de los ciudadanos. Los casos, innumerables; un ejemplo lacerante, el productor agrícola Brito. Ha fracasado de manera estrepitosa pues se deslegitimó no sólo desde el punto de vista ético, por los abusos y las consecuencias políticas y sociales terribles que se vienen acumulando a lo largo de un interminable decenio, sino por obcecarse en aplicar ese socialismo tropical, calcando, desde el plano económico, el sistema más ineficaz que jamás la humanidad ha producido y dejando de lado esas sentencias de la historia que anotan que el fracaso de las economías socialistas se debió a tres factores que, tal como lo reseñan muchos especialistas en estos asuntos, dieron al traste con tales quimeras, a saber: 1) la asignación de la mayoría de bienes por parte de un aparato administrativo, bajo el cual los productores no se ven forzados a competir unos con otros; 2) el control directo de las empresas por el Estado y 3) falta de competitividad, democracia política y libertad.
Pero, más allá de lo económico ha fracasado pues nos condujo a la desgracia, a costa de mantenerse -por no importa qué medios- en el poder, dividiendo al país y encaminándonos a las puertas de una contienda civil, por la siembra de la violencia, el resentimiento y el odio. Ha fracasado por auspiciar la cultura del despotismo, con un Estado de Derecho ficticio y contaminado por el ejercicio arbitrario del poder. La actualidad nos muestra que el olvido y el miedo son los instrumentos del poder, y en eso puso su empeño el régimen, en desnaturalizar o destruir la memoria colectiva y en confundir los pensamientos. Ha fracasado en todos los aspectos importantes de lo que debe ser la gestión gubernamental: como país petrolero, los niveles de producción de Pdvsa siguen siendo inauditables, y al cabo de esta terrible década de desacierto, la cosa empeora, pues somos más dependientes del petróleo y de la producción de terceros países; el desabastecimiento, los apagones, la inflación, la falta de agua, la corrupción; la explosión de casos atroces de violencia contra la ciudadanía cometidos por el hampa muestra el fracaso de la sociedad toda en materia de seguridad. Y lo que no se podía eludir: la devaluación dentro de una economía de puertos que hará más pobres a los pobres. Fracasó en dispensar salud a los venezolanos, pues optó por el modelo cubano de Barrio Adentro y abandonó la estructura tradicional generando el deterioro de los hospitales.
Ha fracasado en la educación, pues de manera demagógica transformó las misiones en un aparato ideológico condicionado por la dádiva, sin desarrollar las políticas necesarias para que en los próximos años contemos con una población adulta bien preparada, junto a millones de niños, niñas y jóvenes en planteles de óptimas condiciones, recibiendo una educación de calidad.
Ha fracasado pues, en su frenética opresión e intolerancia, logró despertar a una juventud que se ha empeñado en ser parte, de manera responsable, de la toma de decisiones y soluciones, una juventud cuestionadora, exigente, que denuncia sin temor, y pone lo mejor de sí para construir la democracia que aún pretendemos. |
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