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Un futuro inaceptable |
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Fernando Luis Egaña
Luego de casi 11 años del señor Chávez en Miraflores, vale la pena realizar una revisión general de la situación de Venezuela, para tratar de calibrar la dimensión de los problemas que agobian a la nación, y la titánica tarea que habría de emprenderse cuando sea superada la actual hegemonía.
En lo político-institucional, Venezuela ha dejado de ser una República Democrática -con todas las fallas y dificultades propias de ese sistema de gobierno-, para irse configurando como una satrapía personalista, o un despotismo habilidoso que se aprovecha de las formalidades legales para imponer una neo-dictadura.
Ya no hay Estado de Derecho propiamente dicho, ni autonomía o equilibrio entre los poderes públicos. El Estado nacional se ha vuelto una fachada para la operación de mafias gubernativas en estrecha conexión con el crimen organizado, doméstico y trasnacional.
Aún existen ciertos espacios para la libertad política, incluida la de expresión, pero éstos se encuentran sometidos a un régimen de crecientes restricciones, en el que destacan el control partisano del ámbito electoral, y la utilización de la judicatura con fines de criminalización política.
En lo económico, Venezuela ha extremado la dependencia petrolera, la subordinación a las importaciones, y la hipoteca de la soberanía a cuenta de un aumento colosal de la deuda pública. La actividad productiva ha decaído en todos los órdenes, comenzando por la industria petrolera.
La inversión extranjera está en mínimos históricos, así como las exportaciones no-petroleras. El inventario de “políticas” asociadas al llamado “socialismo de siglo XXI” ha resquebrajado la seguridad jurídica y el derecho de propiedad, y ha golpeado severamente el aparato productivo del país.
Todo lo cual ha implicado que después de haberse recibido y despachado mil veces mil millones de dólares, como consecuencia primordial de la bonanza de precios en el mercado petrolero internacional, hoy en día el racionamiento, la escasez y la carestía sean características dominantes de la economía nacional.
En lo social, Venezuela se ha vuelto uno de los países con mayor violencia criminal del hemisferio occidental. La cifra de homicidios se ha multiplicado en más de 300% desde 1999. Las estadísticas sociales se maquillan, y aún así los niveles aceptados de pobreza general y crítica no son considerablemente inferiores a los de hace una década, aunque si lo sean con respecto al período 2002-2003.
Los sistemas educativos, de salud pública, de vivienda social, de seguridad ciudadana y carcelario no sólo no han mejorado de manera ostensible, sino que en diversos aspectos han retrocedido. Y ello a pesar del incremento de recursos fiscales que ha dispuesto el Estado “revolucionario”.
En esta somera revisión falta, desde luego, la politización de la Fuerza Armada, la exacerbación del odio político-social como estrategia oficial, o el costoso financiamiento del clientelismo internacional del régimen bolivarista, entre muchos otros factores que agudizan la crisis venezolana.
Con el país de la revolución, Venezuela tiene un futuro inaceptable. Pero su inmenso potencial, sobre todo expresado en la inconformidad de las nuevas generaciones, permite que la esperanza se alce sobre la realidad. |
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