En estos días leí una frase que me hizo reflexionar acerca de las relaciones que mantenemos con nuestra familia una vez que somos adultos: ¡Puedes elegir a tus amigos, pero no a tus familiares!
Tenemos un buen amigo que se siente agobiado y responsable de sacar adelante un negocio que dejó en manos de sus hermanos. En este momento tienen problemas financieros, soltaron toda responsabilidad, pero esperan no sólo que él salde las deudas y resuelva los problemas que ellos crearon, sino que piensan que él tiene la responsabilidad de continuar dándoles todo lo que necesitan… Pero, ¿hasta dónde y hasta cuándo debe dar?
Durante mucho tiempo el significado verdadero de “dar” ha sido usado y tergiversado por aquellos que esperan recibir de otros la solución a sus necesidades afectivas o materiales, sin hacer ningún esfuerzo para merecerlo, usando la manipulación y apelando a los buenos sentimientos de los que generalmente cargan con las obligaciones, la comodidad y la indolencia de quienes se resisten a crecer, madurar y asumir la responsabilidad de sus vidas adultas.
¿Será esto justo?
También hay personas que han crecido con la idea de que amar a otros es llegar hasta el sacrificio de su identidad y tranquilidad, incluso el de los sueños propios, en aras de complacer y seguir protegiendo a sus familiares, impulsados por una programación de responsabilidad y obligación seguramente formada durante la infancia.
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Todo esto con la consecuencia negativa de terminar sitiándose víctimas de la vida y del comportamiento de sus personas más queridas.
Si al igual que nuestro amigo te encuentras en alguna de estas situaciones, recuerda que el esfuerzo que hagas para brindarle tu ayuda a una personas irresponsable será más negativo que positivo, porque además de desgastarte física y emocionalmente, imperarás que asuma su responsabilidad, madure naturalmente y mejore su condición de vida, con el agravante de que te hará culpable de su desdicha y situación, justificando así, su dependencia y exigencias hacia ti.
Tal vez sea el momento perfecto para reflexionar acerca de lo que damos y esperamos de los demás, a tiempo de hacer los ajustes necesarios en nuestro comportamiento y actitud para mantener relaciones más satisfactorias y equilibradas.
Es cierto que la acción de dar debe ser incondicional; es decir, debe entregarse lo mejor de cada uno de nosotros sin esperar recibir nada a cambio. Pero, saber establecer ciertos límites cuando otros tratan de abusar o de aprovecharse de nosotros, es nuestra responsabilidad y derecho.
Las relaciones son una calle de doble vía, esto significa que necesitamos aprender a entregar y a recibir proporcionalmente. La reciprocidad y el respeto a los demás nos enseña a reconocer y agradecer el esfuerzo que hacen otros para complacernos y apoyarnos, creando así una relación interactiva. |
Cuando mantenemos el balance entre el dar y el recibir podemos establecer límites en ciertos momentos que nos ayuden a dar sólo cuando la persona nos ha pedido o cuando esté dispuesta a recibir sin que se convierta en una pesada carga de obligación para nosotros.
Cuando damos de forma limpia y desinteresada inmediatamente recibimos una energía positiva en forma de satisfacción que se traduce en entusiasmo, alegría y vitalidad; es como si los bolsillos de nuestra prosperidad volvieran a llenarse abundantemente.
Si cada uno de nosotros estuviese dispuesto a ser considerado, responsable, honesto y consciente al momento de dar y de recibir, nuestras relaciones serían más plenas y satisfactorias en el tiempo.
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