Esto es un clásico diálogo de sordos. ¿Te ha pasado? La queja es generalizada. ¡No me escucha! Y… ¡Qué frustrante es! ¿Cuántas veces tenemos esta sensación en relación con nuestra pareja, hijos, jefes o gobernantes? ¿Cómo te sientes? ¿Qué problemas acarrea? Podríamos decir que, en la mayoría de los casos, la conversación no existe. Es una ilusión, una serie de monólogos que se interceptan. Eso es todo.
Escuchar es uno de los mejores y más amorosos regalos que podemos darle a una persona, especialmente cuando está herida, molesta o preocupada. Escuchar puede ser la diferencia entre aprobar o reprobar un examen, fortalecer una relación, hacer o perder una venta, conseguir o perder un trabajo, motivar o desanimar a un equipo, ganar o perder una elección.
Abrir el alma no es asunto fácil y depende, en gran parte, de quien nos escucha. A pesar de nuestras buenas intenciones, es común que nos desconectemos y no pongamos atención a lo que nos dicen. Una razón es porque nuestro cerebro puede captar las palabras tres o cuatro veces más rápido de lo que una persona habla normalmente; entonces, es fácil aburrirnos y desconectar la mente poco a poco mientras el otro continúa hablando. Lo irónico es que todos estamos ansiosos por contar nuestra historia y deseamos que nos escuchen.
|
En caso de no encontrar una oreja compasiva y paciente, se me ocurren dos posibles soluciones: podemos ir al psicólogo y pagar 70 mil bolívares por cada media hora, o bien podemos poner un anuncio en el periódico que diga lo siguiente:
“Solicito una persona que me escuche con atención”
Que esté presente física y psicológicamente. Es decir, que cuanto yo le cuente mi historia, me vea los ojos, sin estar pendiente de lo que sucede alrededor y que no se distraiga ni se entretenga haciendo garabatos mientras yo hablo. Que sepa captar mis gestos y mi lenguaje corporal, mi estado de ánimo y que me invite a compartir mis pensamientos con ella. Que no sólo escuche pedacitos de lo que digo mientras pone cara de que me escucha. Quiero que nos sentemos frente a frente, a la misma altura, sin mesas sin celulares, ni televisión de por medio; que su postura sea relajada que esté atenta a lo que digo. Que al hablar me deje el camino libre, que no hable, que no me dé consejos, que no me interrumpa con aseveraciones o preguntas que sólo busca información y que nunca están motivadas por el interés de saber cómo me siento. Cómo me gustaría que esta persona no tema a los silencios, a las pausas que me ayudan a reflexionar y ordenar mis pensamientos. Que sienta lo que yo siento, que vea lo que yo veo y, si acaso prefiero guardarme algo, que lo respete y no trate de abrir la puerta a la fuerza. |
Algo que me anima mucho es escuchar frases del tipo: “Cuéntame más… ¿de veras? ¡Qué bárbaro! ¿Entonces? Claro…”
Me gustan las preguntas prudentes, aquellas que son abiertas y me ayudan a aclarar y ordenar mis sentimientos, preguntas como: “Qué pasa por tu mente? o “te veo muy contento, ¿me quieres platicar?. Desearía que esta persona, que busco con tanto afán, me escuche sin juzgar, sin criticar, sin culpar y sin hacerme sentir mal por lo que digo. Me encantaría que me escuchara más allá de los que dicen mis palabras, que traspase para captar la esencia de lo que digo. Eso me invitaría a desenvolverme y expandirme.
Yo, por mi parte, sentiría un gran alivio al contarle lo que vivo y lo que siento. En agradecimiento, me comprometería a devolverle, de la misma manera y en el momento que lo requiera, este regalo tan grande y le haría saber que valoro su atención porque, cuando me escucha, yo me escucho y eso me permite encontrar la mejor solución a mis preocupaciones.
Ojala lo encuentres…
|